#Reviú: Menomena — Mines

Barsuk, 2010
Vibe Rate: 9/10
Por: Inés Soto

Nada mantiene mejor a una banda que contar con un integrante que sea un perfeccionista y un freak controlador. Imagínense lo que implica entonces que los tres miembros de Menomena sean eso: perfeccionistas y obsesivos controladores. Sin embargo, lejos de significar un problema, para los tres ha resultado una experiencia muy agradable”. Y eso fue lo que alguna vez dijo Danny Seim, uno de los tres freaks que conforman Menomena. Compuesto por los multiinstrumentistas Justin Harris, Brent Knopf y el ya mencionado Seim, este proyecto surgido hace siete años en la ciudad de Portland, Oregon, produce estupenda música y sus discos son tan buenos como sus asombrosas presentaciones en concierto. «Mines» es el cuarto opus de la incipiente discografía de este trío, luego de los magníficos «I Am the Fun Blame Monster!» (2004), «Under an Hour» (2006) y el notable “Friend and Foe” (2007) que les permitió salir de los estrechos límites del underground alternativo.

Con ciertas tendencias al caos y a la heterodoxia, Menomena logró en “Mines” controlar un poco sus ímpetus anárquicos para producir un álbum muy bien enfocado, aunque sin perder su demencial inventiva, sus fracturas rítmicas y armónicas, sus arreglos sorprendentes y su fascinante eclecticismo. Si con alguna agrupación del planeta se podría comparar a los de Portland sería tal vez con Blur, pero con el Blur más experimental y desafiante.

«Mines» inicia con ‘Queen Black Acid’, cuyo tranquilo y austero comienzo parece prometer un disco accesible y sin complicaciones, a pesar de ciertas inquietantes intervenciones de una guitarra ruidosa que para algunos ortodoxos resultaría estridente e inoportuna en ese ambiente pretendidamente bucólico que es destrozado en ‘TAOS’, el segundo corte, un explosivo tema con un sensacional crescendo de cuerdas, percusiones y una rocanrolerísima guitarra que es interrumpida por el breve remanso de un piano que se ve rápidamente copado por un nuevo ataque instrumental para recuperar intensidad y poderío rumbo a un final ásperamente delicioso por el que se cuela el sonido de un rasposo y minimalista saxofón.

Las once composiciones que recorren los casi cincuenta y cinco minutos que dura esta travesía que en cada estación parecen desbordarse y estar a punto del descarrilamiento y que, sin embargo, siempre se mantiene al filo del precipicio pero sin caer. Esto se debe a que estamos bajo el control de tres músicos expertos que saben protegernos en su vertiginosa montaña rusa, en la que después de una rápida caída al aparente vacío hay de pronto un punto de reposo y calma, de lento sosiego antes de la nueva precipitación sonora. Así ocurre con la enloquecida ‘Killemall’ que da paso a la tranquila y cuasi folkie ‘Dirty Cartoons’ (que ya Peter Gabriel hubiese podido incluir sin problemas en su reciente “Scratch My Back”) y la intensa ‘Tithe’ para ingresar a un nuevo serial de trepidaciones con ‘BOTE’ y el saxo a la Morphine.

Menomena

El estilo de Menomena es como un continuo cut-n-paste de loops diversos y sólo en apariencia contradictorios, pero siempre de una estructura rocanrolera con mínimos asomos de la electrónica. Así, el inicio de un tema como ‘Lunchmeat’ puede parecer dirigido a lo electro, pero de inmediato los sonidos sintetizados son mantenidos bajo control y encausados hacia una pieza llena de cambios, pero con predominio de lo acústico. ‘Oh Pretty Boy, You’re Such a Big Boy’ es una de las grandes joyas de este álbum, con un beat hipnótico, teclados fantásticos, variaciones tan leves como sutiles y una elegancia ejemplar. Algo muy similar sucede con ‘Five Little Rooms’, el primer sencillo del disco, sólo que aquí el mood es más cabareteril, más vodevilesco y más intenso. Una de las grandes virtudes de Menomena es su capacidad, su facilidad para crear melodías de enorme belleza y emoción, lo que los podría acercar al pop en su mejor acepción. Esto resulta especialmente notorio en los dos cortes que cierran al álbum: “Sleeping Beauty” y la gloriosa pero melancólica “INTIL”.

Para resumir, «Mines» es un disco perfectamente cohesionado, una obra llena de densidad, pero al mismo tiempo posee una paradójica accesibilidad que permite ser escuchado por cualquiera, sin necesidad de ser un iniciado en la música de este trío de afortunados obsesivos.

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